A horas de recibir al año nuevo quiero proponerles algo: que dediquemos parte de nuestro brindis a un grupo de personas desconocidas, pero tan imprescindibles como ignoradas. ¿De quién les hablo? Del cajero del supermercado que hasta el 31 a la tarde se tiene que bancar el mal humor de los clientes porque la fila está lenta y encima todos quieren pagar con tarjeta. De la empleada de comercio que, en lugar de estar en su casa preparando la mesa familiar, se queda hasta el último minuto para atender a los colgados que dejaron todo para último momento y no le queda otra que decir que sí cuando le preguntás si te lo puede envolver para regalito. Hablo del taxista que se tuvo que armar de una santa paciencia desde hace dos semanas para poder trasladarnos, entre bocinazos, por las caóticas calles del centro. Del mozo del bar donde hasta última hora seguís reuniéndote con amigos para despedir el año. Y tal vez me olvide de muchos más que, desde su humilde lugar, fueron importantes para que pudiéramos escapar airosos de este 2014. Cuando salgás hoy apurado a la locura de la ciudad, acordate de esto y poneles una buena cara, deciles “gracias” y pensá en que ellos no dispondrán del mismo tiempo que vos para los preparativos de fin de año. Y a la medianoche, cuando comencemos a enumerar nuestros deseos para el 2015, también recordalos. Ellos merecen ser parte del brindis.